Mientras el sueño llegaba, la noche se
poblaba con las historias y los sucesos que mi abuelo iba contando: leyendas,
apariciones, asombros, episodios singulares, muertes antiguas, escaramuzas de
palo y piedra, palabras de antepasados, un incansable rumor de memorias que me
mantenía despierto, el mismo que suavemente me acunaba. Nunca supe si él se
callaba cuando descubría que me había dormido o si seguía hablando para no
dejar a medias la respuesta a la pregunta que invariablemente le hacía en las
pausas más demoradas que él, calculadamente, introducía en el relato: «¿Y
después?».
Tal vez repitiese las historias para sí
mismo, quizá para no olvidarlas, quizá para enriquecerlas con peripecias
nuevas. En aquella edad mía y en aquel tiempo de todos nosotros, no será
necesario decir que yo imaginaba que mi abuelo Jerónimo era señor de toda la
ciencia del mundo. Cuando, con la primera luz de la mañana, el canto de los
pájaros me despertaba, él ya no estaba allí, se había ido al campo con sus
animales, dejándome dormir. Entonces me levantaba, doblaba la manta, y,
descalzo (en la aldea anduve siempre descalzo hasta los 14 años), todavía con
pajas enredadas en el pelo, pasaba de la parte cultivada del huerto a la otra,
donde se encontraban las pocilgas, al lado de la casa.
Mi abuela, ya en pie desde antes que mi
abuelo, me ponía delante un tazón de café con trozos de pan y me preguntaba si
había dormido bien. Si le contaba algún mal sueño nacido de las historias del
abuelo, ella siempre me tranquilizaba: «No hagas caso, en sueños no hay
firmeza». Pensaba entonces que mi abuela, aunque también fuese una mujer muy
sabia, no alcanzaba las alturas de mi abuelo, ese que, tumbado debajo de la
higuera, con el nieto José al lado, era capaz de poner el universo en
movimiento apenas con dos palabras. Muchos años después, cuando mi abuelo ya se
había ido de este mundo y yo era un hombre hecho, llegué a comprender que la
abuela, también ella, creía en los sueños.
Otra cosa no podría significar que,
estando sentada una noche ante la puerta de su pobre casa, donde entonces vivía
sola, mirando las estrellas mayores y menores de encima de su cabeza, hubiese
dicho estas palabras: «El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir».
No dijo miedo de morir, dijo pena de
morir, como si la vida de pesadilla y continuo trabajo que había sido la suya,
en aquel momento casi final, estuviese recibiendo la gracia de una suprema y
última despedida, el consuelo de la belleza revelada.
José Saramago,
De cómo el personaje fue maestro y el
autor su aprendiz.
(Discurso de aceptación del Premio Nobel 1998)
Reconstruir
el pasado es una tarea compleja, laboriosa y resbaladiza, no importa qué
aspecto de ese pasado nos interese. Los historiadores se basan, en muchos casos,
en fuentes escritas, pero existen otro tipo de fuentes: las orales.
Los
estudiantes de 4º ESO del programa British Council-MEFP-JCyL han recopilado la historia
de vida de sus abuelas, nacidas entre los años treinta y cuarenta del
siglo XX. Han realizado historias que contemplan parte de estas vidas
puesto que han delimitado la investigación a un periodo de su trayectoria vital
(infancia y juventud) pero, a la vez, han realizado una exploración profunda de
la misma. Es la memoria de una colectividad, de una generación de
mujeres, que es mucho más que la suma de memorias individuales.
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