DIARIO
DE UNA APARENTADA MEJORÍA
Recuerdo
muy bien el día en que salí de la cárcel, una mañana soleada de invierno con
sensación de primavera. El guardia que durante tanto tiempo había escuchado mis
quejidos estaba ahora despidiéndose con un gentil ademán. Dejé frente a su
despacho mi uniforme con unas manchas de sangre, que ni él ni la memoria habían
podido superar, y salí entonces a la calle, un comienzo desde cero. Lo primero
que hice fue buscar a mi perro en la perrera local; parecía no haber envejecido
ni un día desde mi sentencia. Lo curioso de los perros, a diferencia de las
miradas por las calles, es que te demuestran un amor incondicional. Ellos no
ven al temible asesino al cual nunca debieron dejar libre, ellos ven a su amo,
su cuidador. Llegué a mi casa, que estaba casi congelada en el tiempo, como una
demostración de que, a pesar de mi condena, el único mundo que dejó de girar
fue el mío. Serví un poco de comida en el plato de mi fiel amigo canino y me
senté frente al televisor. Hice algunas llamadas y me rendí ante el sueño. Al
día siguiente, por obligación, tuve una cita con la psicóloga, mi único apoyo
en toda esta tormenta. Me explicó que por rutina y formalidad debía seguir
monitoreándome para validar mi reintegro en la sociedad. Yo, por supuesto,
asentí con obediencia.
Los siguientes
días transcurrieron con reconfortante normalidad. Esporádicamente algún alma me
miraba con miedo o rechazo, pero eventualmente se tranquilizaban. Con el paso
de los meses, mi mala fama era opacada por las tragedias cotidianas, pero esa
herida nunca podría sanar, sin importar qué hiciera.
Después de un
año y medio, llegó el día de despedirme de mi psicóloga, quien había
documentado mi largo camino. Ella, orgullosa, dijo que en mí veía la viva
imagen del progreso.
Para celebrar
la ocasión, fui con mis nuevos amigos a un bar que fielmente me ha acompañado
toda la vida. Al entrar por la puerta, recibí aquel aroma a cerveza de calidad,
con tonos amaderados y tintes de nostalgia. Bajo el ruido de voces
inentendibles y tras la estática del televisor que brillaba por su
intermitencia, estaban las noticias. Un hombre hablaba de un reciente homicidio
que aterrorizaba al pueblo, una familia entera descuartizada como carnicería.
Mientras mis amigos miraban con incomodidad, sonreí y pensé, esta vez no he
dejado evidencia.
Segundo
premio
GASOLINA
EN MIS VENAS
Mi
nombre es Boro Allen y mi vida es como una carrera.
Pero
yo llevo ya tanto tiempo corriendo en punto muerto que ya ni siquiera recuerdo cómo
se sentía el sonido del motor. Hace tanto que no termino algo que ya no
recuerdo la sensación de acelerar en la última recta, el orgullo de terminar la
carrera.
A
veces lo que más amo lo odio tanto al mismo tiempo. Esto es cuando me propongo
hacer algo nuevo. El pistoletazo de salida.
El
primer obstáculo es el más difícil de superar, cuando todos abandonan, cuando
te dicen que no serás capaz. Es como en la primera curva, donde tantos pilotos
se caen, y tú, tú tienes dos opciones: esquivarlos y seguir adelante o dejarte
caer con ellos. Los primeros pilotos ya habían conseguido pasar con sus motos,
casi sin esfuerzo, por esa curva criminal.
Era
mi turno, reduzco una o dos marchas, freno un poco, suelto el acelerador, no
mucho, lo justo, vuelvo a frenar. Tarde. La goma de mi neumático aún está fría.
No sé qué esperaba si siempre es lo mismo. Ahora es cuando se supone que debo
elegir: o me retiro o sigo, remonto y consigo podio. Esto último es lo que mi
padre esperará que haga. Normalmente me retiro solo para no darle la
satisfacción a mi viejo. A veces me siento su marioneta, hace que yo sea quien
él no pudo llegar a ser.
Un
fuerte golpe metálico me saca de mis pensamientos. No, no, no, no. Mi moto ha
impactado contra la de otro piloto. Me retiro, no hay más, agarro mi moto, la
levanto con cuidado. Ya veo a los mecánicos de mi equipo, acompañados por mi
padre. Ignacio Allen me indica que se acabó la carrera, que esta vez no siga,
que es un peligro. Ese gesto de superioridad es justo lo que me hace actuar. Me
monto en mi Honda, no voy a hacer lo que me diga Ignacio, no de nuevo. El
sonido de las mil revoluciones del motor al arrancar ahoga los gritos de mi
padre, que me ordena que le haga caso. Pero no voy a permitir que ese hombre
siga arrebatándome lo único que me llena. Ni mi moto ni yo hemos quedado muy
afectados por el impacto de antes. Se acerca la siguiente curva, esta vez freno
a tiempo, pero en la tercera me falla un poco el freno, seguramente por el
golpe.
Me
planteo retirarme, no puedo correr sin saber si mis frenos me van a volver a
fallar o cuando lo van a hacer. Entonces recuerdo la expresión de mi padre:
ceja levantada, labios fruncidos, “te lo dije”. No, no volvería a caer en sus
garras. Curvo mi cuerpo hacia la derecha, toco el suelo con mi rodilla,
estabilizo la moto, lo consigo. Acelero todo lo que puedo en la siguiente
recta, consigo adelantar a dos o tres pilotos; a pesar del tiempo que he perdido,
logro colocarme séptimo y aún quedan doce vueltas.
Los
siguientes minutos transcurren con normalidad, quedan nueve vueltas y yo me veo
envuelto en una pelea para colocarme cuarto. Viene una curva, rezo para que mis
frenos no decidan fallar justo ahora, pero, cómo no, la suerte no está de mi
lado y cojo la curva a toda velocidad. Reacciono rápido, apoyo la rodilla de
nuevo en el suelo y consigo no caerme. Al menos he dejado atrás la KTM y
adelanto al segundo piloto fácilmente. Comienza la lucha por el oro. Álex es
muy buen piloto y lleva una bestia de Ducati.
Las
siguientes vueltas pasan rápido; hace dos curvas adelanté a Álex, pero tengo claro
que, con sus habilidades y su Ducati, no le costará superarme en la siguiente.
Álex ya va por delante de mí. Última vuelta, última curva, última oportunidad.
Aprovecho el momento. Paso a Álex. Recta final, acelero al máximo y…
Las
lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas. Por fin. He ganado. Yo, no mi
padre, yo. Es la primera vez que una victoria no se siente fría desde hace
muchísimo tiempo. La primera vez que una victoria se siente mía. Mi mejor amigo
ya se ha tirado a abrazarme.
-Lo
has conseguido, Boro. Has superado a Ignacio.
-Lo
he hecho.
-Lo
has hecho, Boro.
Iria Garzón Vaillo



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