25 de marzo de 2026

XVIII Concurso de Relato corto Francisco Salinas

Este año hemos celebrado el XVIII Concurso de Relato corto Francisco Salinas con el tema "El progreso" y estos han sido los ganadores:
 
El primer premio ha sido para Paul E. Santiago Gómez de 3º ESO A por "Diario de una aparentada mejoría" y el segundo premio ha recaído en Iria Garzón Vaillo de 4º ESO C por "Gasolina en mis venas"Desde aquí les damos a ambos la enhorabuena.


Primer premio

DIARIO DE UNA APARENTADA MEJORÍA

Recuerdo muy bien el día en que salí de la cárcel, una mañana soleada de invierno con sensación de primavera. El guardia que durante tanto tiempo había escuchado mis quejidos estaba ahora despidiéndose con un gentil ademán. Dejé frente a su despacho mi uniforme con unas manchas de sangre, que ni él ni la memoria habían podido superar, y salí entonces a la calle, un comienzo desde cero. Lo primero que hice fue buscar a mi perro en la perrera local; parecía no haber envejecido ni un día desde mi sentencia. Lo curioso de los perros, a diferencia de las miradas por las calles, es que te demuestran un amor incondicional. Ellos no ven al temible asesino al cual nunca debieron dejar libre, ellos ven a su amo, su cuidador. Llegué a mi casa, que estaba casi congelada en el tiempo, como una demostración de que, a pesar de mi condena, el único mundo que dejó de girar fue el mío. Serví un poco de comida en el plato de mi fiel amigo canino y me senté frente al televisor. Hice algunas llamadas y me rendí ante el sueño. Al día siguiente, por obligación, tuve una cita con la psicóloga, mi único apoyo en toda esta tormenta. Me explicó que por rutina y formalidad debía seguir monitoreándome para validar mi reintegro en la sociedad. Yo, por supuesto, asentí con obediencia.

Los siguientes días transcurrieron con reconfortante normalidad. Esporádicamente algún alma me miraba con miedo o rechazo, pero eventualmente se tranquilizaban. Con el paso de los meses, mi mala fama era opacada por las tragedias cotidianas, pero esa herida nunca podría sanar, sin importar qué hiciera.

Después de un año y medio, llegó el día de despedirme de mi psicóloga, quien había documentado mi largo camino. Ella, orgullosa, dijo que en mí veía la viva imagen del progreso.

Para celebrar la ocasión, fui con mis nuevos amigos a un bar que fielmente me ha acompañado toda la vida. Al entrar por la puerta, recibí aquel aroma a cerveza de calidad, con tonos amaderados y tintes de nostalgia. Bajo el ruido de voces inentendibles y tras la estática del televisor que brillaba por su intermitencia, estaban las noticias. Un hombre hablaba de un reciente homicidio que aterrorizaba al pueblo, una familia entera descuartizada como carnicería. Mientras mis amigos miraban con incomodidad, sonreí y pensé, esta vez no he dejado evidencia.

 

Paul E. Santiago Gómez
ESO 3º A

Segundo premio

GASOLINA EN MIS VENAS

Mi nombre es Boro Allen y mi vida es como una carrera.

Pero yo llevo ya tanto tiempo corriendo en punto muerto que ya ni siquiera recuerdo cómo se sentía el sonido del motor. Hace tanto que no termino algo que ya no recuerdo la sensación de acelerar en la última recta, el orgullo de terminar la carrera.

A veces lo que más amo lo odio tanto al mismo tiempo. Esto es cuando me propongo hacer algo nuevo. El pistoletazo de salida.

El primer obstáculo es el más difícil de superar, cuando todos abandonan, cuando te dicen que no serás capaz. Es como en la primera curva, donde tantos pilotos se caen, y tú, tú tienes dos opciones: esquivarlos y seguir adelante o dejarte caer con ellos. Los primeros pilotos ya habían conseguido pasar con sus motos, casi sin esfuerzo, por esa curva criminal.

Era mi turno, reduzco una o dos marchas, freno un poco, suelto el acelerador, no mucho, lo justo, vuelvo a frenar. Tarde. La goma de mi neumático aún está fría. No sé qué esperaba si siempre es lo mismo. Ahora es cuando se supone que debo elegir: o me retiro o sigo, remonto y consigo podio. Esto último es lo que mi padre esperará que haga. Normalmente me retiro solo para no darle la satisfacción a mi viejo. A veces me siento su marioneta, hace que yo sea quien él no pudo llegar a ser.

Un fuerte golpe metálico me saca de mis pensamientos. No, no, no, no. Mi moto ha impactado contra la de otro piloto. Me retiro, no hay más, agarro mi moto, la levanto con cuidado. Ya veo a los mecánicos de mi equipo, acompañados por mi padre. Ignacio Allen me indica que se acabó la carrera, que esta vez no siga, que es un peligro. Ese gesto de superioridad es justo lo que me hace actuar. Me monto en mi Honda, no voy a hacer lo que me diga Ignacio, no de nuevo. El sonido de las mil revoluciones del motor al arrancar ahoga los gritos de mi padre, que me ordena que le haga caso. Pero no voy a permitir que ese hombre siga arrebatándome lo único que me llena. Ni mi moto ni yo hemos quedado muy afectados por el impacto de antes. Se acerca la siguiente curva, esta vez freno a tiempo, pero en la tercera me falla un poco el freno, seguramente por el golpe.

Me planteo retirarme, no puedo correr sin saber si mis frenos me van a volver a fallar o cuando lo van a hacer. Entonces recuerdo la expresión de mi padre: ceja levantada, labios fruncidos, “te lo dije”. No, no volvería a caer en sus garras. Curvo mi cuerpo hacia la derecha, toco el suelo con mi rodilla, estabilizo la moto, lo consigo. Acelero todo lo que puedo en la siguiente recta, consigo adelantar a dos o tres pilotos; a pesar del tiempo que he perdido, logro colocarme séptimo y aún quedan doce vueltas.

Los siguientes minutos transcurren con normalidad, quedan nueve vueltas y yo me veo envuelto en una pelea para colocarme cuarto. Viene una curva, rezo para que mis frenos no decidan fallar justo ahora, pero, cómo no, la suerte no está de mi lado y cojo la curva a toda velocidad. Reacciono rápido, apoyo la rodilla de nuevo en el suelo y consigo no caerme. Al menos he dejado atrás la KTM y adelanto al segundo piloto fácilmente. Comienza la lucha por el oro. Álex es muy buen piloto y lleva una bestia de Ducati.

Las siguientes vueltas pasan rápido; hace dos curvas adelanté a Álex, pero tengo claro que, con sus habilidades y su Ducati, no le costará superarme en la siguiente. Álex ya va por delante de mí. Última vuelta, última curva, última oportunidad. Aprovecho el momento. Paso a Álex. Recta final, acelero al máximo y…

Las lágrimas comienzan a resbalar por mis mejillas. Por fin. He ganado. Yo, no mi padre, yo. Es la primera vez que una victoria no se siente fría desde hace muchísimo tiempo. La primera vez que una victoria se siente mía. Mi mejor amigo ya se ha tirado a abrazarme.

-Lo has conseguido, Boro. Has superado a Ignacio.

-Lo he hecho.

-Lo has hecho, Boro.

Iria Garzón Vaillo

ESO 4º C

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