16 de junio de 2020

Galdós 2020 (VII): Misericordia

Misericordia (1897) es una novela espiritualista de B. P. Galdós, en la que aborda temas espirituales y morales, al tiempo que retrata las clases más humildes de Madrid. La protagonista es Benina, una bondadosa mujer que, ante la miseria de la familia a la que sirve, se ve obligada a mendigar para ayudar a su señora. Cuando la suerte cambia para esa familia, Benina ya no tiene sitio en la casa. Así critica el autor un mundo basado en las apariencias, en el que solo Benina, a pesar de las dificultades, es capaz de mantener en todo momento su dignidad:

-«Hola, Nina. ¿tú por aquí? ¿Has parecido ya? Creímos que te habías ido al Congo... No pases, no entres; quédate ahí, que nos vas a poner perdidos los suelos, lavados de esta tarde... ¡Bonita vienes!... Quita allá esas patas, mujer, que manchas los baldosines...
-¿En dónde está la señora? -dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos.
-La señora está aquí... Pero te dice que no pases, porque vendrás llena de miseria...».
En aquel momento apareció por otro lado la señorita Obdulia, chillando: «Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que fumigarte y ponerte en la colada... No, no te arrimes a mí. ¡Tantos días entre pobres inmundos!... ¿Ves qué bonito está todo?».
[…]
«Mujer, entra, entra -murmuró desde el fondo del comedor, con voz ahogada por los sollozos la señora Doña Francisca Juárez.
Manteniéndose en la puerta, le contestó Benina con voz entera: «Aquí estoy, señora, y como dicen que mancho los baldosines, no quiero pasar; digo que no paso... Me han sucedido cosas que no le quiero contar por no afligirla... Lleváronme presa, he pasado hambres... he padecido vergüenzas, malos tratos... Yo no hacía más que pensar en la señora, y en si tendría también hambre, y si estaría desamparada.
-No, no, Nina: desde que te fuiste, ¡mira qué casualidad! entró la suerte en mi casa... Parece un milagro, ¿verdad? ¿Te acuerdas de lo que hablábamos, aburriditas en esta soledad, ¡ay! en aquellas noches de miseria y sufrimientos? Pues el milagro es una verdad, hija…».
Nina no contestó sílaba, y arrimándose a la puerta, sollozaba.
«Yo de buena gana te recibiría otra vez aquí -afirmó Doña Francisca, a cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugiriéndole por lo bajo lo que había de decir-; pero no cabemos en casa, y estamos aquí muy incómodas... Ya sabes que te quiero, que tu compañía me agrada más que ninguna... pero... ya ves... Mañana estaremos de mudanza, y se te hará un hueco en la nueva casa... ¿Qué dices? ¿Tienes algo que decirme? Hija, no te quejarás: ten presente que te fuiste de mala manera, dejándome sin una miga de pan en casa, sola, abandonada... ¡Vaya con la Nina! Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo... Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que siempre te enseñé, largándote por esos mundos en compañía de un morazo... Sabe Dios qué casta de pájaro será ese, y con qué sortilegios habrá conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime, confiésamelo todo: ¿le has dejado ya?
-No, señora.
-¿Le has traído contigo?
-Sí, señora. Abajo está esperándome.
-Como eres así, capaz te creo de todo... ¡hasta de traérmele a casa!
-A casa le traía, porque está enfermo, y no le voy a dejar en medio de la calle -replicó Benina con firme acento.
-Ya sé que eres buena, y que a veces tu bondad te ciega y no miras por el decoro.
-Nada tiene que ver el decoro con esto, ni yo falto porque vaya con Almudena, que es un pobrecito. Él me quiere a mí... y yo le miro como un hijo».
La ingenuidad con que expresaba Nina su pensamiento no llegó a penetrar en el alma de Doña Paca, que sin moverse de su asiento, y con los cuchillos en la falda, prosiguió diciéndole:
«No hay otra como tú para componer las cosas, y retocar tus faltas hasta conseguir que parezcan perfecciones; pero yo te quiero, Nina; reconozco tus buenas cualidades, y no te abandonaré nunca.
-Gracias, señora, muchas gracias.
-No te faltará qué comer, ni cama en qué dormir. Me has servido, me has acompañado, me has sostenido en mi adversidad. Eres buena, buenísima; pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro de los dátiles, porque creeré que te has vuelto loca.
-A casa le traía, sí, señora, como traje a Frasquito Ponte, por caridad... Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo así, yo no distingo... Por eso le traía; y si a él no le admite, será lo mismo que si a mí no me admitiera».

9 de junio de 2020

150 años de la muerte de Dickens


Biografía
“Lo primero que os llama la atención cuando leéis una novela de Dickens es su admirable fuerza descriptiva, la facultad de imaginar, que, unida a una narración originalísima y gráfica, da a sus cuadros la mayor exactitud y verdad que cabe en las creaciones del arte.[…]
Difícil es dar una idea de la maravillosa aptitud de C. Dickens para comprender el corazón humano y retratar al vivo sus grandes borrascas, sus expansiones de ternura y amor. No analiza como Balzac, complaciéndose en descubrir todo lo que de innoble y siniestro puede existir en los sentimientos del hombre; es, por el contrario, observador benévolo, que procede en los trabajos de su investigación por amor a la humanidad, deseoso de la dicha del hombre y haciéndole ver sus virtudes y sus vicios para enaltecer aquéllas y corregir éstos.
Para esto se vale de dos medios igualmente eficaces: o conmueve al lector con la pintura patética de las pasiones, con la sentida exposición de lástimas y desventuras, o le hace reír cultamente, zahiriendo con lo ridículo y lo cómico, que brotan de su fecunda pluma en inagotable raudal.”
Fragmentos del prólogo de Benito Pérez Galdós a su traducción
de Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens

Recordamos al célebre escritor victoriano Charles Dickens (1812-1870), cuando se cumplen 150 años de su muerte, con la lectura de fragmentos de algunas de sus obras más conocidas, a modo de invitación para seguir leyendo y releyendo sus libros.


"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo."
Historia de dos ciudades

 

"Como mi apellido es Pirrip y mi nombre de pila Philip, mi lengua infantil, al querer pronunciar ambos nombres, no fue capaz de decir nada más largo ni más explícito que Pip. Por consiguiente, yo mismo me llamaba Pip, y por Pip fui conocido en adelante.
Digo que Pirrip era el apellido de mi familia fundándome en la autoridad de la losa sepulcral de mi padre y de la de mi hermana, la señora Joe Gargery, que se casó con un herrero. Como yo nunca conocí a mi padre ni a mi madre, ni jamás vi un retrato de ninguno de los dos, porque aquellos tiempos eran muy anteriores a los de la fotografía, mis primeras suposiciones acerca de cómo serían mis padres se derivaban, de un modo muy poco razonable, del aspecto de su losa sepulcral. La forma de las letras esculpidas en la de mi padre me hacía imaginar que fue un hombre cuadrado, macizo, moreno y con el cabello negro y rizado. A juzgar por el carácter y el aspecto de la inscripción «También Georgiana, esposa del anterior» deduje la infantil conclusión de que mi madre fue pecosa y enfermiza. A cinco pequeñas piedras de forma romboidal, cada una de ellas de un pie y medio de largo, dispuestas en simétrica fila al lado de la tumba de mis padres y consagradas a la memoria de cinco hermanitos míos que abandonaron demasiado pronto el deseo de vivir en esta lucha universal, a estas piedras debo una creencia, que conservaba religiosamente, de que todos nacieron con las manos en los bolsillos de sus pantalones y que no las sacaron mientras existieron."
Grandes esperanzas


"Digamos, para comenzar, que Marley estaba muerto. De eso no hay duda. El acta de su entierro fue firmada por el párroco, por el escribano, por el empresario de pompas fúnebres y por el que presidió el duelo. Sí, Scrooge la firmó: y el nombre de Scrooge tenía validez en la Bolsa para cualquier asunto en que él decidiera firmar. El viejo Marley estaba tan muerto como el clavo de una puerta .[…]
¿Sabía Scrooge que Marley estaba muerto? Claro que sí. ¿Cómo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios durante no sé cuántos años. Scrooge fue su único albacea testamentario, su único administrador, su único apoderado, su heredero universal, su único amigo y el único que asistió a su entierro. Y añadamos que Scrooge no se sintió profundamente afectado por el penoso acontecimiento, sino que, obrando como un excelente hombre de negocios el día mismo del funeral, consiguió que este se celebrara por una verdadera ganga.[…]

¡Ah, pero qué tacaño, cicatero, estrujador, codicioso, rapiñador, avaro, mezquino y viejo pecador era Scrooge! Duro y cortante como un pedernal del que ningún acero pudo sacar jamás una chispa generosa; taciturno, receloso y solitario como una ostra. Su frialdad interior helaba sus viejas facciones, afilaba su puntiaguda nariz, marchitaba sus mejillas, envaraba su forma de andar, enrojecía sus ojos y amorataba sus labios; y hacía que, al hablar, su voz fuera seca y chirriante. Una gélida escarcha se había posado en su cabeza, en sus cejas y en su barbilla hirsuta. Siempre llevaba consigo su propia temperatura glacial; congelaba su oficina en los días más calurosos, y no la deshelaba ni un grado por Navidad."
Canción de Navidad


“—Dejadme ver al niño y morir.

 […] El cirujano lo puso en sus brazos. Apretó ella apasionadamente sus fríos labios sobre la frentecita, se pasó las manos por la cara, lanzó una mirada extraviada, se estremeció, cayó hacia atrás y... murió. Le frotaron el pecho, las manos, las sienes, pero la sangre se le había helado para siempre. Le hablaron de esperanza y consuelo. Le habían faltado durante demasiado tiempo. […]

—Era bonita también. ¿De dónde era?
—La trajeron anoche —replicó la vieja— por orden del inspector. La encontraron tirada en la calle; había caminado un buen trecho, pues traía los zapatos hechos trizas, pero nadie sabe de dónde venía o adónde iba.
Se inclinó el cirujano sobre el cadáver y levantó la mano izquierda.
—La historia de siempre —dijo meneando la cabeza—; sin alianza, según veo. En fin… Buenas noches.
El señor médico se marchó a cenar, y la enfermera, tras aplicarse una vez más a la botella verde, se sentó en una silla baja junto al fuego y se puso a vestir a la criatura.
¡Qué excelente ejemplo constituía el pequeño Oliver Twist del poder del vestido! Envuelto en la manta que hasta entonces había sido su único abrigo podría haber pasado por el hijo de un noble o de un mendigo; al más altivo desconocido le habría sido difícil determinar su categoría social. Pero ahora, envuelto en las viejas ropas de percal, amarillas ya de hacer el mismo servicio, marcado y etiquetado, encajaba perfectamente en su lugar: un niño de la parroquia…, huérfano de hospicio…, humilde esclavo muerto de hambre…, carne de bofetadas y golpes para el mundo…, desprecio de todos y lástima de ninguno.
Oliver chillaba con ganas. Si hubiera sabido que era huérfano, abandonado a las poco compasivas manos de mayordomos eclesiásticos e inspectores, quizá habría chillado más fuerte.”
Oliver Twist

  

25 de mayo de 2020

El Rincón de la Poesía


Después de estar un tiempo alejados de la vida, de la normalidad, volvemos poco a poco a reincorporarnos a ella, con ganas de bebérnosla toda de un trago, pero sabiendo que aún es necesario mantener la distancia y que debemos guardar besos y abrazos para cuando sean seguros. Para paliar esa falta de contacto físico, os proponemos hoy dos poemas llenos de sentimientos, porque también se puede abrazar y acariciar con las palabras.
                                           
Aquellos dedos tuyos...
         Andrés Neuman

Aquellos dedos tuyos,
dormidos como en lana,
urdían la caricia y sus efectos.
¡Tocar era tan fácil
y tanto me abrigaba
desnudar esos dedos
para tejer muñecos temporales!
Ahora tejo tu sombra,
que no es poco tejer cuando se ha amado.



                  Exceso de vida
                 Juan Antonio González Iglesias

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.
Pero lo que presiento no se parece en nada
a la común tristeza. Más bien es certidumbre
de la totalidad de mis días en este
mundo donde he podido encontrarme contigo.
De pronto tengo toda la impaciencia de todos
los que amaron y aman, la urgencia incompartible
de los enamorados. No quiero geografía
sino amor, es lo único que mi corazón sabe.
En mi vida no cabe este exceso de vida.
Mejor, si te dijera que medito las cosas
(fronteras y distancias) en los términos propios
de la resurrección, cuando nos alzaremos
sobre las coordenadas del tiempo y el espacio,
independientemente del mar que nos separa.
Sueño con el momento perfecto del abrazo
sin prisa, de los besos que quedaron sin darse.
sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo
y espero la mañana en la que no habrá límites.

10 de mayo de 2020

Galdós 2020 (VI): "Soñemos, alma, soñemos"


Retrato de Benito Pérez Galdós, de Joaquín Sorolla, 1894

Estamos viviendo unos tiempos difíciles que nos han pillado por sorpresa a todos. Pero, como ya ha ocurrido en épocas anteriores, conseguiremos salir adelante. Como testimonio de superación de otras crisis pasadas, recurrimos a las palabras de Benito Pérez Galdós, con las que apelaba a la importancia de la educación. Un siglo después, su pensamiento sigue teniendo plena vigencia. Así que, “soñemos, alma, soñemos”.

Como el agua a los campos, es necesaria la educación a nuestros secos y endurecidos entendimientos. Han dicho que no deseamos instruirnos, puesto que no pedimos la instrucción con el ansia del hambriento que quiere pan. La instrucción no se pide de otro modo que por la voz, o mejor, por los signos de la ignorancia. El ignorante es un niño, y el niño no pide más que el pecho, si es chiquitín, o los juguetes, si es grandullón. Aguardar, para la educación de la criatura, a que esta diga «llévenme a la escuela que tengo muchas ganas de ser sabio», es fiar nuestros planes a la infinita pachorra de la Eternidad. Si así lo hiciéramos demostraríamos que los grandes somos tan cerriles como los pequeños.
Procuremos grandes y chicos instruirnos y civilizarnos, persiguiendo las tinieblas que el que menos y el que más llevan dentro de su caletre. El cerebro español necesita más que otro alguno de limpiones enérgicos para que no quede huella de las negruras heredadas o adquiridas en la infancia. Y al paso que nos instruimos, cuidémonos mucho de no ser presumidos ni envidiosos, que el orgullo y el desagrado del bien ajeno son dos feísimas excrecencias adheridas a nuestro ser, que piden un formidable esfuerzo para ser arrancadas y arrojadas al fuego como yerba dañosa. La presunción es cosa muy mala, peor todavía que el desprecio de nosotros mismos, cuando nos da por creer que somos unos bárbaros incapaces de benignos sentimientos, de cultura y de vivir en paz unos con otros. Ni esto sirve para nada, ni menos el suponernos únicos poseedores de la verdad, y los más bonitos, los más agudos que en el mundo existen El odioso remate de estos defectos es la pálida envidia, que nos priva del goce de admirar al que por su ingenio, por su perseverancia o por otra virtud está más alto que nosotros. Seamos modestos, y aprendamos a no estirar la pierna de nuestras iniciativas más allá de lo que alcanza la sábana de nuestras facultades. Hagamos cada cual, dentro de la propia esfera, lo que sepamos y podamos: el que pueda mucho, mucho; poquito el que poquito pueda, y el que no pueda nada, o casi nada, estese callado y circunspecto viendo la labor de los demás. Acostumbrémonos a rematar cumplidamente, con plena conciencia, todo lo que emprendamos; no dejemos a medias lo que reclama el acabamiento de todas sus partes para ser un conjunto orgánico, lógico, eficaz, y conservémonos dentro de la esfera propia, aunque sea de las secundarias, sin intentar colarnos en las superiores, que ya tienen sus legítimos ocupantes. Cada cual en su puesto, cada cual en su obligación, con el propósito de cumplirla estrictamente, será la redención única y posible, poniendo sobre todo, el anhelo, la convicción firme de un vivir honrado y dichoso, en perfecta concordancia con el bienestar y la honradez de los demás.
¿Es esto soñar? ¡Desgraciado el pueblo que no tiene algún ensueño constitutivo y crónico, norma para la realidad, jalón plantado en las lejanías de su camino!

Fragmento del artículo "Soñemos, alma, soñemos",
publicado en el nº 1 de la revista Alma Española, en 1903

30 de abril de 2020

El Rincón de la Poesía


Terminamos un extraño mes de abril, repleto de ausencias y silencios. Y lo hacemos con un pequeño homenaje a todos los que se nos han ido y nos han dejado en un tiempo de espera, “organizando la soledad”, en palabras de Joan Margarit (Premio Cervantes 2019).

La espera


Te están echando en falta tantas cosas.
Así llenan los días
instantes hechos de esperar tus manos,
de echar de menos tus pequeñas manos,
que cogieron las mías tantas veces.
Hemos de acostumbramos a tu ausencia.
Ya ha pasado un verano sin tus ojos
y el mar también habrá de acostumbrarse.
Tu calle, aún durante mucho tiempo,
esperará, delante de tu puerta,
con paciencia, tus pasos.
No se cansará nunca de esperar:
nadie sabe esperar como una calle.
Y a mí me colma esta voluntad
de que me toques y de que me mires,
de que me digas qué hago con mi vida,
mientras los días van, con lluvia o cielo azul,
organizando ya la soledad.

23 de abril de 2020

Día del libro con Miguel Delibes


“Amaba el libro, pero el libro espontáneamente elegido. Ella entendía que el vicio o la virtud de leer dependían del primer libro. Aquel que llegaba a interesarse por un libro se convertía inevitablemente en esclavo de la lectura. Un libro te remitía a otro libro, un autor a otro autor, porque, en contra de lo que solía decirse, los libros nunca te resolvían problemas sino que te los creaban, de modo que la curiosidad del lector siempre quedaba insatisfecha. Y, al apelar a otros títulos, iniciabas una cadena que ya no podía concluir sino con la muerte. Sentía avidez por la letra impresa. Y me la contagió. Fue ella la que me aproximó a los libros, a ciertos libros y a ciertos autores. En realidad, me abrió las puertas de ese mundo.”

Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris


Este año dedicamos el Día del Libro a Miguel Delibes con motivo de la celebración del centenario de su nacimiento. Y lo hacemos con estas hermosas palabras con las que alude al amor compartido con su mujer por los libros y a su iniciación en la pasión lectora. Y, como en la cita, queremos abriros las puertas de su interesante obra con la recomendación de algunos de sus títulos más relevantes:




FELIZ DÍA DEL LIBRO

#YOMEQUEDOENCASALEYENDO

1 de abril de 2020

Galdós 2020 (V): Fortunata

   Continuamos con nuestra selección de personajes galdosianos. En esta ocasión os proponemos el retrato de la  protagonista de Fortunata y Jacinta, obra cumbre de la narrativa de Benito Pérez Galdós, en la que nuevamente destacan los personajes femeninos. A través de un triángulo amoroso (Fortunata-Juanito Santa Cruz-Jacinta), Galdós denuncia la discriminación que sufre la mujer en la sociedad decimonónica, víctima de la doble moral. 
   El propio Juan Santa Cruz cuenta a su mujer Jacinta quién es Fortunata y su relación con ella:

Parte I (V: Viaje de novios)


«¡Si la hubieras visto...! Fortunata tenía los ojos como dos estrellas, muy semejantes a los de la Virgen del Carmen que antes estaba en Santo Tomás y ahora en San Ginés. Pregúntaselo a Estupiñá, pregúntaselo si lo dudas... a ver... Fortunata tenía las manos bastas de tanto trabajar, el corazón lleno de inocencia... Fortunata no tenía educación; aquella boca tan linda se comía muchas letras y otras las equivocaba. Decía indilugencias, golver, asín. Pasó su niñez cuidando el ganado.  ¿Sabes lo que es el ganado? Las gallinas. Después criaba los palomos a sus pechos. Como los palomos no comen sino del pico de la madre, Fortunata se los metía en el seno, ¡y si vieras tú qué seno tan bonito!, sólo que tenía muchos rasguños que le hacían los palomos con los garfios de sus patas. Después cogía en la boca un buche de agua y algunos granos de algarroba, y metiéndose el pico en la boca... les daba de comer... Era la paloma madre de los tiernos pichoncitos... Luego les daba su calor natural... les arrullaba, les hacía rorrooó... les cantaba canciones de nodriza... ¡Pobre Fortunata, pobre Pitusa!... ¿Te he dicho que la llamaban la Pitusa? ¿No?... pues te lo digo ahora. Que conste... Yo la perdí... sí... que conste también; es preciso que cada cual cargue con su responsabilidad... Yo la perdí, la engañé, le dije mil mentiras, le hice creer que me iba a casar con ella. ¿Has visto?... ¡Si seré pillín!... Déjame que me ría un poco... Sí, todas las papas que yo le decía, se las tragaba... El pueblo es muy inocente, es tonto de remate, todo se lo cree con tal que se lo digan con palabras finas... La engañé, le garfiñé su honor, y tan tranquilo. Los hombres, digo, los señoritos, somos unos miserables; creemos que el honor de las hijas del pueblo es cosa de juego... No me pongas esa cara, vida mía. Comprendo que tienes razón; soy un infame, merezco tu desprecio; porque... lo que tú dirás, una mujer es siempre una criatura de Dios, ¿verdad?... y yo, después que me divertí con ella, la dejé abandonada en medio de las calles... justo... su destino es el destino de las perras... Di que sí».
[…]
-Seamos francos; la verdad ante todo... me idolatraba. Creía que yo no era como los demás, que era la caballerosidad, la hidalguía, la decencia, la nobleza en persona, el acabose de los hombres... ¡Nobleza, qué sarcasmo! en la mentira; digo que no puede ser... y que no, y que no. ¡Decencia porque se lleva una ropa que llaman levita!... ¡Qué humanidad tan farsante! El pobre siempre debajo; el rico hace lo que le da la gana. Yo soy rico... di que soy inconstante... La ilusión de lo pintoresco se iba pasando. La grosería con gracia seduce algún tiempo, después marca... Cada día me pesaba más la carga que me había echado encima. El picor del ajo me repugnaba. Deseé, puedes creerlo, que la Pitusa fuera mala para darle una puntera... Pero, quia... ni por esas... ¿Mala ella? a buena parte... Si le mando echarse al fuego por mí, ¡al fuego de cabeza! … El hastío era ya irresistible. La misma Pitusa me era odiosa, como las palabras inmundas... Un día dije vuelvo, y no volví más... Lo que decía Villalonga: cortar por lo sano... Yo tenía algo en mi conciencia, un hilito que me tiraba hacia allá... Lo corté... Fortunata me persiguió; tuve que jugar al escondite. Ella por aquí, yo por allá... Yo me escurría como una anguila. No me cogía, no. El último a quien vi fue Izquierdo; le encontré un día subiendo la escalera de mi casa. Me amenazó; díjome que la Pitusa estaba cambrí de cinco meses... ¡Cambrí de cinco meses...! Alcé los hombros... Dos palabras él, dos palabras yo... alargué este brazo, y plaf... Izquierdo bajó de golpe un tramo entero... Otro estirón, y plaf... de un brinco el segundo tramo... y con la cabeza para abajo... ».